La lucha por venir

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Empezar a trabajar por cuenta propia es como irse a vivir solo. La satisfacción, el alivio y la excitación suelen acompañar ese movimiento hacia un nivel de mayor autonomía y su consecuente responsabilidad. La posibilidad de desintegrar paulatinamente los obsoletos esquemas heredados y reemplazarlos por una rutina auténticamente propia es su mayor atractivo. No hay horario para comer, ni menú definido ni, lo más seguro, nada en la heladera. Las medias sucias pueden conservar ese lugar en el piso durante días y el inodoro puede ser el lugar ideal en el cual criar novedosos y nocivos microorganismos. ¿Qué duda cabe? La libertad es hacer lo que se te cantan las bolas.

Dicen que el autoempleado es un individualista. Estoy de acuerdo. Siempre coqueteando con alguna obsesión compulsiva, el autoempleado es un narcisista en desarrollo, alguien que busca la soledad porque se cree mejor y la presencia de otros sencillamente le rompe las pelotas. Al igual que los talentos artísticos y las figuras deportivas, el autoempleado desea figurar y llevarse los créditos porque no le satisface ser una parte más de un equipo de trabajo.

Por esta necesidad de destacar es que comienzan los problemas con la autoridad. Los candidatos a autoempleados discrepan con la forma en que se toman las decisiones. Siempre saben que se podría haber hecho de otra manera (que siempre es mejor) y sufren por tener que adaptarse al estilo paleolítico del líder de turno. Esto se siente como una asfixia. 

Tengo un primo violinista. Él me comentó que un músico de orquesta no necesita ser tan bueno. Sus fallos se disimulan y su habilidad se diluye gracias a la presencia de los demás miembros. En cambio, el solista debe ser realmente bueno. Tiene la obligación de serlo. Debe ejercitarse con asiduidad porque está mucho más expuesto. Sus fallos se hacen evidentes gracias a su individualidad claramente recortada. Y este es el lado crudo de la autonomía. La búsqueda de la gloria y la necesidad de reconocimiento hacen que la facultad para asumir errores sea postergada sólo para ser descubierta con desagrado en el momento de mayor fulgor. Las estrellas no soportan la opacidad del equívoco.

Gracias a estas ganas de hacer las cosas a mi manera y gracias a mis repetidos problemas con la autoridad es que pensé en autoemplearme. Fue difícil porque el entorno familiar me inculcó como idea fundamental que el empleo es la única manera de relacionarse con el dinero y con las fuerzas económicas. Para buscar trabajo se leían los avisos clasificados, no se desarrollaban negocios ni se invertía un capital ni se impulsaban ideas.

La moral del empleado es la moral del siervo, la moral de la obligación, la moral del servicio, el cumplir con un mandato, el cumplir con un horario, cumplir constantemente para justificar la existencia. Es la moral de la obediencia como modo de vida. Y esto no podemos evitarlo casi en ningún campo de la vida porque corresponde al modelo de sociedad patriarcal vigente desde hace varios milenos. Para los que estamos educados dentro de la moral de la obediencia, los que no tenían un empleo eran vagos, parásitos, artistas, chantas, aventureros, inestables, vividores porque, claro, si uno mismo trabaja ocho o diez horas diarias, ¿cómo puede ser que haya personas que no lo hagan?

Como padres, como tutores o como educadores, los humanos damos -de lo que sabemos- aquello que consideramos mejor. Mis padres, como cualquier padre, dieron, de lo que sabían, aquello que consideraron que era lo mejor para sus hijos. Y ellos consideraron que era mejor que me educara para conseguir buenos empleos. Y lo hicieron pensando que daban lo mejor. Con el tiempo descubrí nuevas alternativas, cosas novedosas para mi, cosas en las que no había sido instruido.

Trabajar por mi cuenta era extraño y novedoso a la vez. El disfrute por la novedad es más bien el encuentro con una parte nuestra que no podríamos haber descubierto de otra manera. Es el movimiento inquieto que se produce dentro de cada uno cuando se abre un regalo, cuando se huele el pan recién horneado o cuando se riega el jardín una tarde de verano. La novedad es frescura, la novedad es la primera vez en algo, es eso que no olvidamos nunca. Si tuviéramos que hacer un mapa de nuestras vidas, marcaríamos saltos que van de novedad en novedad. Lo que pasa entre cada novedad es meramente anecdótico. La frescura se recuerda siempre porque en ella somos mejores, somos inocentes. Y lo demás lo perciben.

Hacia el umbral

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Damos por bueno aquello que conocemos porque lo conocido es cierto, es una clara referencia, es algo seguro, algo previsible. Pero las certezas no siempre son buenas por el hecho de ser ciertas. Abandonar certezas es romper el paradigma dentro del cual somos educados, es cambiar de valores, tener nuevos enfoques y pensar de otra manera. Cambiar también significa descubrir que durante un tiempo fuimos bastante idiotas simplemente porque estábamos muy cómodos con las anteriores muletas mentales. Pero a no preocuparse porque la idiotez es condición humana básica y todo cuanto hacemos tiene por objeto disimularla. Nos pasamos la vida intentando reducir esa bella cualidad que nos distingue del resto de la creación. Somos los jíbaros de la idiotez.

De las múltiples motivaciones que puede haber para cambiar, ninguna es lo suficientemente importante como para hacernos olvidar que para abandonar una condición no basta con dejar de ejercerla. Primero hay que haber dejado de pensarla. No se puede dejar de ser empleado si se sigue pensando como tal, de la misma manera que un esclavo no deja de serlo si sigue pensando que lo es. ¿Pensar como amo entonces? De ninguna manera. Sólo es el polo opuesto, la otra cara de la moneda, más de lo mismo, la garantía de continuidad que requiere este sistema que tanto odiamos todos. Hay alternativas y una de las ideas de este espacio es ir aproximándose a ellas. Pero para aproximarse hay que estar dispuesto a abandonar valores y a adquirir nuevos enfoques. Y si no se pueden abandonar esos valores que ya no ayudan sino que bloquean, a no preocuparse que no va a pasar nada malo. El mundo seguirá siendo lo que es ahora o sencillamente empeorará hasta autodestruirse. Ya se extinguieron los dinosaurios, ya hubo un gran diluvio, el clima está para la mierda y casi no quedan bichos bolita. ¿Qué puede ser tan terrible después de todo esto? El universo puede prescindir de la humanidad, el universo puede prescindir de cada uno de nosotros. Y esto es bueno saberlo para poder encarar la vida con otra perspectiva.

Llegué a este punto gracias a una crisis existencial. Cansado de las repeticiones de la existencia contemporánea, abrumado por las pocas opciones que ofrece la vida burguesa en un país periférico como el nuestro, me di cuenta que no me imaginaba toda la vida sentado detrás de un escritorio. Esto me sucedió trabajando para la tía, a quien le debo el impulso de atreverme a pensar en otras cosas. Los cabrones y los hijos de puta hacen por nosotros más de lo que imaginamos. Les debemos mucho porque nos ayudan a definirnos, a ser claros con nosotros mismos. En ese momento, hice una lista de las cosas que me gustan hacer y que considero que hago bien. Y me sentí tranquilo. Es muy importante saber que se cuenta con uno mismo para auto-emplearse. Las cosas que me gustan hacer son muchas. Así fue cómo descubrí que no necesito ser un eterno empleado. Pero mi movimiento fue motivado por la búsqueda de una forma de expresión más genuina antes que por una cuestión meramente económica. Si hay códigos o valores acompañando la búsqueda, aunque parezca que se trata sólo de dinero, va a estar bien. Lo ideal es que el dinero venga como consecuencia de ese movimiento que se realiza, en este caso (mi caso), buscando habitar el espacio de mi propia vida en lugar de dejar que sea colonizada por múltiples voces intrusas con tendencias parasitarias. Es sólo el deseo de un grado mayor de autonomía, nada más. Como dice Corinne Mayer en “Buenos días, pereza”, siempre estaremos al servicio de alguien, porque al trabajar por cuenta propia, el jefe pasa a ser llamado cliente (o comitente o inversionista o alguien a quien le prestamos nuestros servicios). Somos seres vinculados y no podemos prescindir de todos los demás. Pero al ser auto-empleado se puede elegir con mayor autonomía. Con el tiempo, hay que ir apartando a los idiotas haciéndolos a un lado al tiempo que se los reemplaza por gente un poco más cabal. Igualmente, nunca faltará alguno que nos recuerde al único, a ese idiota primigenio, el que nos ha marcado la vida y que ha patrocinado nuestro cambio sin sospecharlo siquiera. Pero con la selección y la educación que se ha de ejercer sobre el cliente, los idiotas serán cada vez menos y la humanidad toda podrá entrar paulatinamente en una era de prosperidad. Tal como hacemos al cambiar de condición, al movernos de cuadrante, al cruzar el umbral.

El segundo cuadrante

Pensar en un cambio es debatirse entre las seguridades y lo desconocido. Porque el cambio no se piensa si no contamos ya con algo seguro sobre lo que apoyarnos. Iniciarse en un camino poco conocido implica redactar códigos propios, porque hay pocos que te puedan decir lo que tenés que hacer. Y empezar a decidir a partir de parámetros que uno mismo diseña nos acerca al arquetipo del soberano, de aquel que implementa según su criterio sin supeditarse al de nadie más. Esta necesidad de sentirme soberano (que parece acercarse bastante a la soberbia) fue lo que me impulsó a moverme de cuadrante y pensar en dejar de ser empleado para transformarme en algo distinto, algo más completo y con mayor grado de autonomía. La cuestión fundamental de esto es el manejo del tiempo, la mayor preocupación del hombre contemporáneo. Hace miles de años, la humanidad vivía feliz en un presente continuo. Se trataba de la era de los mitos, de los rituales de renovación y de un fuerte vínculo con la naturaleza. Con la historia entramos en la era del tiempo y en su división tripartita (pasado, presente, futuro). Y ahí comenzó la carrera por la acumulación porque el ser humano -ese mono con ego- empezó a sentir la angustia que produce el saber que existe el futuro, ese tiempo que todavía no ha acontecido. Ahora, quien maneja su tiempo es soberano de sí mismo. Estar ocho horas detrás de un escritorio es muy distinto a decidir cuándo tener una reunión con un cliente o con un proveedor o cuándo parar a tomar algo para descansar de la jornada de trabajo.

Además, los desafíos con los que uno se enfrenta son de otra índole. Siendo empleado se critican muchas cosas a las cuales uno no sabría cómo enfrentarse. Pasar a ser auto-empleado es enfrentarlas de una vez y aplicar los criterios propios, aquello por lo que seremos distinguidos por los demás, aquello por lo que nos depositarán su confianza o por lo que nos odiarán. No es nada más que el comienzo del camino  de la autenticidad.


ATENCIÓN

Contenidos ácidos, duros, probablemente hirientes pero con criterio. Se agradece el jugarse por algo distinto a lo que se despliega en el mundo real. Jugar es divertirse y también es arriesgarse.

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