
Pensar en un cambio es debatirse entre las seguridades y lo desconocido. Porque el cambio no se piensa si no contamos ya con algo seguro sobre lo que apoyarnos. Iniciarse en un camino poco conocido implica redactar códigos propios, porque hay pocos que te puedan decir lo que tenés que hacer. Y empezar a decidir a partir de parámetros que uno mismo diseña nos acerca al arquetipo del soberano, de aquel que implementa según su criterio sin supeditarse al de nadie más. Esta necesidad de sentirme soberano (que parece acercarse bastante a la soberbia) fue lo que me impulsó a moverme de cuadrante y pensar en dejar de ser empleado para transformarme en algo distinto, algo más completo y con mayor grado de autonomía. La cuestión fundamental de esto es el manejo del tiempo, la mayor preocupación del hombre contemporáneo. Hace miles de años, la humanidad vivía feliz en un presente continuo. Se trataba de la era de los mitos, de los rituales de renovación y de un fuerte vínculo con la naturaleza. Con la historia entramos en la era del tiempo y en su división tripartita (pasado, presente, futuro). Y ahí comenzó la carrera por la acumulación porque el ser humano -ese mono con ego- empezó a sentir la angustia que produce el saber que existe el futuro, ese tiempo que todavía no ha acontecido. Ahora, quien maneja su tiempo es soberano de sí mismo. Estar ocho horas detrás de un escritorio es muy distinto a decidir cuándo tener una reunión con un cliente o con un proveedor o cuándo parar a tomar algo para descansar de la jornada de trabajo.
Además, los desafíos con los que uno se enfrenta son de otra índole. Siendo empleado se critican muchas cosas a las cuales uno no sabría cómo enfrentarse. Pasar a ser auto-empleado es enfrentarlas de una vez y aplicar los criterios propios, aquello por lo que seremos distinguidos por los demás, aquello por lo que nos depositarán su confianza o por lo que nos odiarán. No es nada más que el comienzo del camino de la autenticidad.
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