
Damos por bueno aquello que conocemos porque lo conocido es cierto, es una clara referencia, es algo seguro, algo previsible. Pero las certezas no siempre son buenas por el hecho de ser ciertas. Abandonar certezas es romper el paradigma dentro del cual somos educados, es cambiar de valores, tener nuevos enfoques y pensar de otra manera. Cambiar también significa descubrir que durante un tiempo fuimos bastante idiotas simplemente porque estábamos muy cómodos con las anteriores muletas mentales. Pero a no preocuparse porque la idiotez es condición humana básica y todo cuanto hacemos tiene por objeto disimularla. Nos pasamos la vida intentando reducir esa bella cualidad que nos distingue del resto de la creación. Somos los jíbaros de la idiotez.
De las múltiples motivaciones que puede haber para cambiar, ninguna es lo suficientemente importante como para hacernos olvidar que para abandonar una condición no basta con dejar de ejercerla. Primero hay que haber dejado de pensarla. No se puede dejar de ser empleado si se sigue pensando como tal, de la misma manera que un esclavo no deja de serlo si sigue pensando que lo es. ¿Pensar como amo entonces? De ninguna manera. Sólo es el polo opuesto, la otra cara de la moneda, más de lo mismo, la garantía de continuidad que requiere este sistema que tanto odiamos todos. Hay alternativas y una de las ideas de este espacio es ir aproximándose a ellas. Pero para aproximarse hay que estar dispuesto a abandonar valores y a adquirir nuevos enfoques. Y si no se pueden abandonar esos valores que ya no ayudan sino que bloquean, a no preocuparse que no va a pasar nada malo. El mundo seguirá siendo lo que es ahora o sencillamente empeorará hasta autodestruirse. Ya se extinguieron los dinosaurios, ya hubo un gran diluvio, el clima está para la mierda y casi no quedan bichos bolita. ¿Qué puede ser tan terrible después de todo esto? El universo puede prescindir de la humanidad, el universo puede prescindir de cada uno de nosotros. Y esto es bueno saberlo para poder encarar la vida con otra perspectiva.
Llegué a este punto gracias a una crisis existencial. Cansado de las repeticiones de la existencia contemporánea, abrumado por las pocas opciones que ofrece la vida burguesa en un país periférico como el nuestro, me di cuenta que no me imaginaba toda la vida sentado detrás de un escritorio. Esto me sucedió trabajando para la tía, a quien le debo el impulso de atreverme a pensar en otras cosas. Los cabrones y los hijos de puta hacen por nosotros más de lo que imaginamos. Les debemos mucho porque nos ayudan a definirnos, a ser claros con nosotros mismos. En ese momento, hice una lista de las cosas que me gustan hacer y que considero que hago bien. Y me sentí tranquilo. Es muy importante saber que se cuenta con uno mismo para auto-emplearse. Las cosas que me gustan hacer son muchas. Así fue cómo descubrí que no necesito ser un eterno empleado. Pero mi movimiento fue motivado por la búsqueda de una forma de expresión más genuina antes que por una cuestión meramente económica. Si hay códigos o valores acompañando la búsqueda, aunque parezca que se trata sólo de dinero, va a estar bien. Lo ideal es que el dinero venga como consecuencia de ese movimiento que se realiza, en este caso (mi caso), buscando habitar el espacio de mi propia vida en lugar de dejar que sea colonizada por múltiples voces intrusas con tendencias parasitarias. Es sólo el deseo de un grado mayor de autonomía, nada más. Como dice Corinne Mayer en “Buenos días, pereza”, siempre estaremos al servicio de alguien, porque al trabajar por cuenta propia, el jefe pasa a ser llamado cliente (o comitente o inversionista o alguien a quien le prestamos nuestros servicios). Somos seres vinculados y no podemos prescindir de todos los demás. Pero al ser auto-empleado se puede elegir con mayor autonomía. Con el tiempo, hay que ir apartando a los idiotas haciéndolos a un lado al tiempo que se los reemplaza por gente un poco más cabal. Igualmente, nunca faltará alguno que nos recuerde al único, a ese idiota primigenio, el que nos ha marcado la vida y que ha patrocinado nuestro cambio sin sospecharlo siquiera. Pero con la selección y la educación que se ha de ejercer sobre el cliente, los idiotas serán cada vez menos y la humanidad toda podrá entrar paulatinamente en una era de prosperidad. Tal como hacemos al cambiar de condición, al movernos de cuadrante, al cruzar el umbral.
Cebolla, un post que te va a interesar: http://enpiyama.wordpress.com/2007/07/25/una-fabula-para-emprendedores/
Saludos